Burundanga de Zocotroco
José M. Umpierre
Octogenario: costos y beneficios

Son tantos los motivos para estar agradecido.
Cumplo 80 años. Es un número redondo, con la contundencia que pueden tener ocho décadas. No reclamo proeza, aunque vivir más allá de la expectativa de vida promedio no deja de ser un logro. ¿Adecuación, adaptabilidad, tal vez? ¿Quién explica el instinto de supervivencia y los misterios de permanecer todavía por aquí?
Me consta, por la ciencia y por la experiencia, que la naturaleza nos impone un desfase entre el cuerpo y la mente, que no envejecen al mismo ritmo. Es claro que media el desgaste, que los huesos pesan y el movimiento se hace más lento, sin descartar los achaques y dolores, sean crónicos o agudos. Si no me engaño —siempre es una probabilidad— mi pensamiento no se ha deteriorado. Aunque suene presuntuoso, creo que ha mejorado en volumen productivo y fluidez. La calidad es otra cosa.
Son tantos los motivos para estar agradecido. Despertar en la mañana y salir de la cama es un buen principio. Poder valerme. Aferrarme a la autonomía. Sentir la ebullición en mi mente, que procura motivos. No le debo nada a nadie y duermo sin que me acosen culpas. Las vergüenzas son otra cosa, y de errores perdí la cuenta.
A mí, al menos, me hace falta un proyecto, un sentido de propósito. Asuntos pendientes, temas inconclusos, ilusiones perdidas, sueños nuevos. Animar la idea de que todo es posible, particularmente cuando se abulta la adversidad. Y sigo con la necesidad de intentar explicar mi yo y mi circunstancia.
En mi libro, vivir es una conducta de riesgo fatal, y el organismo humano es una de las cosas más contradictorias de la existencia. Cuenta, a la vez, con una resistencia extraordinaria y una vulnerabilidad inmensa. Cuando añadimos el entorno, la cosa se complica. Cada cual hace su composición de escena y sus atribuciones de causa.

Con una historia centenaria de coloniaje.
El escenario es más fácil. Resido en una isla tropical bañada de luz, lluvia y viento. Un tema de inspiración. Una posición geográfica estratégica, con una historia centenaria de coloniaje.
En cuanto a las causas que explican y determinan, pienso que hay unas más grandes que otras. Que si la condición política cualifica entre las grandes. Figúrese. Más aún si esa condición reduce una jurisdicción a ciudadanos de segunda categoría, privados de los derechos fundamentales del voto y la representación, ahora que está en su apogeo la celebración del 250 aniversario de la independencia estadounidense. Pero eso no es nuevo. Al contrario, es parte de una machaca que me colma. ¿Hasta cuándo?
Que si eso tiene o no que ver con la situación que atraviesa la Isla, es razonable pensar que sí, algo. Algo tiene que ver con que necesidades básicas como el agua y la energía eléctrica anden descalabradas, sin que se sepa de un plan que no sea reparar tuberías.
Nada debe extrañar que el modelo de pillaje y enriquecimiento que dicta el presidente norteamericano tenga aquí su resonancia en la vulgarización del sainete cotidiano de corrupción y escándalos. La privatización anda rampante, enfocada principalmente en megaproyectos de altísimos costos sobre las tierras mejor cotizadas.
En mi barrio, el alcalde ha dado paso a los fondos de reconstrucción y se están pavimentando calles y carreteras fuera de año electoral. Milagro. Pero llevamos un mes en que, la mayor parte de los días, no tenemos agua.

Se puede, si se quiere, encontrarle gozo a la vida por encima del dolor.
El asunto crítico es la sobrevivencia. ¿Qué hago para que la situación presente no agrave mi condición física y mental? ¿Cómo atiendo mis necesidades sin que se agraven las angustias y amarguras?
Conviene separar las cosas que corresponden a la autonomía de aquellas que necesitan de otros. En lo que tengo disponible, sobre todo el humor, procurar reír lo más posible. Buscar el chiste. Contrarrestar la pesadumbre con liviandad. Se puede ser realista con un poco de optimismo y pensar que lo mejor es posible, por mucha evidencia que haya en contra. Ese es el momento.
Creo que es posible reducir la contrariedad con uno mismo; más difícil es hacerlo con los demás. Siempre habrá diferencias. El asunto es cómo se median y calibran las distancias para hacer el menor daño posible.
Cumplo ochenta. Algo he aprendido. Sé que los huesos se hacen pesados y el movimiento más lento; que el dolor acosa al cuerpo como la demencia al cerebro. Sé que la sobrevivencia pende de un equilibrio cada vez más frágil y vulnerable. Pero también sé, porque tengo una hermana mayor, casi nonagenaria, amazona estoica de espíritu imbatible, que se puede, si se quiere, encontrarle gozo a la vida por encima del dolor.
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